Prólogo a "La mujer que tengo más a mano" de Emma Cabal

 

Entre otras muchas cosas, todas ellas mucho más importantes, Emma Cabal es uno de mis más antiguos contactos en eso que se pronuncia Féisbuk. Allí su muro es todo un éxito y lo es por buenos motivos. Emma es perfectamente capaz de copiar en éste en el mismo día un poema de Teresa de Jesús, otro de Charles Bukowski y un tercero de algún contemporáneo croata o nigeriano del que nadie, salvo ella, ha oído hablar. Y lo asombroso es que hay vínculos evidentes entre esos tres textos que no serían ni sospechados leyéndolos por separado.

Digo esto para que quede claro desde el principio que se trata de una poeta que ha leído mucho, que ha leído sobre todo a muchos otros poetas, y además muy distintos entre sí. Lo que ocurre es que luego uno lee sus propios poemas y no se nota nada, en el mejor de los sentidos. Quiero decir que no se acoge al abrigo confortable de tradición alguna, tampoco de ninguna de las tradiciones vanguardistas, que lo son tanto como las demás a estas alturas.

Un poema de Emma Cabal es «sólo» un poema de Emma Cabal. Tiene siempre esa condición mágica de la aparente facilidad (que es justo lo más difícil de conseguir, dicho sea por cumplida experiencia), debido a su sencillez, a su transparencia, a su absoluta carencia de adornos formales o florituras retóricas.

Lo que ella hace es, digámoslo ya, poesía desnuda. Tanto que a veces produce algo de frío o ciertos reparos, y se emparenta sin complejos con la prosa en sus distintas manifestaciones: ensayo, narrativa, aforismo, teatro, diario e incluso periodismo. A pesar de lo cual es, sin duda y en el sentido más genuino de la expresión, profundamente poética (lírica o épica, ya que coquetea también con las dos ramas mayores del género). Y quizá no «a pesar de lo cual» sino precisamente «a causa de».

Se habla mucho y desde hace mucho tiempo, de poesía pura, lo que naturalmente no significa nada (o significa demasiadas cosas, que viene a ser lo mismo), pero a la que muchos han intentado acercarse usando métodos muy diferentes. Claro, se quiere llegar a ella por sustracción, prescindiendo de unos u otros elementos, y los resultados son también variadísimos, tanto en su, siempre opinable, calidad o validez como en la impresión que producen. Pienso en autores tan dispares como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Karmelo C. Iribarren, Pablo García Casado, Belén Reyes y un etcétera con seguridad larguísimo sin necesidad de salir de nuestras fronteras ni de la poesía más o menos reciente. Lo único que la obra de todos ellos tiene en común es esa voluntad casi espartana de despojar sus versos de hojarasca. Pero luego, cada uno considera hojarasca a una cosa distinta.

Y ahí está la obra de Emma, en ese empeño, consciente o no, de ser simple, limpia, inmediatamente comprensible o reconocible, de llevar a cada poema una o dos ideas, una o dos sensaciones, una o dos intuiciones, sin pretender explicar el mundo en cada ocasión, sin que parezca que se toma por representante de ningún andamiaje teórico ni de trascendencia alguna mística ni racional.

El milagro es que así consigue una poesía insobornablemente personal y del todo inimitable. Parece que siempre habla de ella misma y siempre habla de lo que compartimos todos. Parece que una vez le da por la confesión, otra por la descripción, una tercera por la enumeración a lo Ginsberg, una cuarta por la reflexión, y así... Pero siempre hace lo mismo, siempre hace esas pequeñas joyas que, mencionando lo más cotidiano con las palabras más coloquiales, remiten a lo más global, a lo más hondo, a lo que todos hemos experimentado y sentido.

Sinceridad lo llaman algunos. Bueno, a mí eso me la trae floja. Entre otras cosas, porque no hay forma de comprobarlo. Parece sincera, y con eso basta, suena sincera. Hablamos de literatura, de ese arte que consiste en hacernos creer lo que no existe para entender lo que existe. El personaje que Emma inventa en sus versos se parece un montón a nuestra vecina del portal de al lado y sin embargo es mucho más real que ella en muchos sentidos.

 

Ape Rotoma, 2015

 

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