Así comienza el prólogo de Pedro Guerrero Ruíz

 

 

Entre aforismos para un tratado de melancolía y un surrealismo templado, José Coloma Maestre nos dice su poesía, ilustrada para esta ocasión por José Coloma Arias. Tienen estos versos, o este tratado de su manifiesta intimidad, el límite de un paisaje sin fondo donde solo late el amor en un espejo de tiempo abatido. Sus referencias al espacio cibernético y a un prematuro dadaísmo probable, conciertan, sin embargo, una armonía sujetada por la brevedad nostálgica y la ironía difuminada en una verdadera poética.  

La supuesta abierta provocación escritural de Coloma es el miedo a perderla o haberla perdido ya, por la demora, tal vez, en hacerse ver nuevamente. Por eso el poeta se refugia en la única permanencia, el TÚ amado. Se siente sujeto a la ocasión de cada brevedad de sus dudas y su espera, aún sabiendo que el pasado es lo que él describe como señales de vitalidad reconocida como un milagro aún vivo en la memoria de su propia poética, un camino de retorno ante la incomprensión de los acontecimientos de la fugacidad sentida, de la sentimentalidad de una razón quebrada no totalmente y compuesta como una sentimentalidad de vida sobre su verdadera y única poética: ELLA.

El uso del lenguaje en todas sus formas, atravesando el folio que contiene su escritura, comas o no comas, puntos o no puntos, en esa libertad consciente, no perturba al lector, sino que le hace cómplice. Porque José Coloma es un poeta verdadero. 

 

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